Pregonando las fiestas de mi pueblo

pregon2Este año he tenido el gran honor de haber sido elegido por el Excmo. Ayuntamiento de Cabra del Santo Cristo (Jaén) para pronunciar el pregón de las fiestas patronales. Se trata del pueblo donde tengo mi segunda casa y donde paso una gran parte del año, retirado en las soledades de Mágina para pensar y escribir.

Se trata de un rincón privilegiado que animo a visitar, pues es uno de esos reductos de la felicidad que aún se resisten a ser estorbados por la vorágine de nuestro tiempo.

Fueron palabras sacadas desde lo más profundo de mi alma que lancé al viento desde el balcón del ayuntamiento, y debieron rebotar en la vecina torre de la iglesia, pues las campanas se pusieron a voltear.

A las 8 de la tarde, como marca el reloj, de una tarde soleada de agosto, entre gentes de buena voluntad.

La primera vez que vine a Cabrilla, lo hice en el ejercicio de mi insigne cargo de monaguillo, acompañando al cura de mi pueblo en una soleada tarde de primavera para asistirle en la misa del domingo. El seiscientos del párroco aparcó en esta misma plaza, un hervidero de gente que discurría como si tal cosa entre unos vetustos edificios que me dejaron anonadado, ¡qué grande me pareció todo! Hasta la iglesia se me antojaba más catedral que parroquia. Don Pedro el cura tuvo que llamarme más de una vez la atención, pues su monaguillo andaba más atento a los resplandores del rutilante retablo del Cristo de Burgos que a la liturgia de la misa.

No me decepcionó la Cabrilla que conocí, en relación a la que había soñado, aunque no hubiese barcos en lontananza, sino más montes y más sierras, encrespadas como olas de un mar embravecido, paralizadas en el horizonte como una de esas imágenes estereoscópicas de Cerdá.

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