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Sabores de Bocachica FUNDACION INDEX

 

 

 

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CONTENIDOS

Introducción, Manuel Amezcua

I Parte. Sabores de Bocachica

Bocachica, Tierrabomba, Caribe, Miguel Lobo-Guerrero y Xochitl Herrera
Recordar es vivir: la recuperación cultural en Bocachica, Heidy Paola Martinez
Vida y cocina en Bocachica, Zoad Humar

Nuestra cocina
  La cocina y los utensilios
  El sabor

Las recetas
   Fritos y harinas
   Ensaladas y verduras calientes
   Seleles o ligas
   Sopas y cremas
   Mazamorras y motes
   Arroz
   Delicias del mar
   Carnes de la tierra
   Dulces o desengrasos
   Jugos, refrescos y bebidas
   Bebidas calientes
   Recetas para curar
   Recetas para embellecer

II Parte. Memorias de Bocachica

Entre la esfera marginal y la tradición, César Hueso Montoro
Nuestra cultura
   El ciclo vital
   Los oficios
   Las fiestas
   Mitos y leyendas

Glosario

Bibliografía

 

Asociación de Padres de Familia del Jardín Infantil de Bocachica
Sabores de Bocachica
Cultura y tradiciones culinarias en la isla de Tierrabomba

 
Col. Index Solidaridad. 2003, 152 págs, ISBN: 84-931966-1-4
P.V.P.: 15 €

INTRODUCCION DE MANUEL AMEZCUA

     Fue en agosto de 1998 cuando la Fundación Index tiene la oportunidad de visitar por primera vez el Jardín Infantil de Bocachica. El viaje lo motivó una pregunta, de las que solemos hacernos los investigadores. En la sede de la Fundación Etnollano en Bogotá y tras conocer diversas acciones sobre promoción de la salud que se venían desarrollando con comunidades indígenas del Vichada, surgió el interrogante sobre si las estrategias de investigación acción participativa que se estaban utilizando podían aplicarse a comunidades más complejas. Fue en este contexto donde surgió el nombre de Tierrabomba.
     Algunos días más tarde una delegación de ambas fundaciones se embarcaba con destino a Bocachica en una de las lanchas del muelle de los Pegasos en Cartagena de Indias. Apenas hacía unos meses que la comunidad había vivido un acontecimiento histórico: la instalación de la luz eléctrica, que los bocachiqueros parecían celebrar haciendo ostentación de flamantes televisores y ruidosos equipos de música que competían entre sí para animar el sosiego de las calles del pueblo. Era el primer rasgo de identidad que recibíamos del bocachiquero, su pasión por la música. Ya se nos había alertado que la aparente situación precaria de la isla no estaba en consonancia con el talante de sus habitantes, en el que llama la atención sus ganas de vivir y su latente creatividad, que aflora de manera espontánea ante el más mínimo estímulo. Se suele decir que el bocachiquero es testarudo y rudimentario, pero lo cierto es que cuando uno se atreve a compartir su mundo aflora un carácter bien diferente: amable, extrovertido, comunicativo, de espíritu festivo, bullicioso con una cierta dosis de transgresión, enormemente espontáneo. El que tenga ocasión de entrar en sus conversaciones, sobre todo cuando éstas se encrespan, verá que el bocachiquero dice una palabra con la boca y tres con el resto del cuerpo, vocea como si estuvieran sordos y, como los andaluces, se comen una buena parte de las letras, y con todo ello nos están diciendo que son un pueblo diferente y orgulloso, celoso de su modo de vivir, que están dispuestos a compartir con todo el que se digne a visitarlos.
     El Jardín Infantil es una de las escasas instituciones de Bocachica. De titularidad pública, su gestión está al cuidado de una asociación que aglutina a los padres de los niños que acoge. También ellos constituyen su principal fuente de sostenimiento, a través de las cuotas que pagan mensualmente y del trabajo diario que las madres realizan en el cuidado de los niños y en el mantenimiento del propio edificio, por supuesto no remunerado. El Jardín es de buena fábrica, si bien se resiente por las dificultades que tiene para mantener las instalaciones en las condiciones más óptimas. A pesar de todo la sensación de vitalidad que imprime el chiquillerío se antepone a consideraciones estéticas. Situado en el barrio alto, compartiendo territorio con otras dependencias escolares, el Jardín ha sido protagonista durante los últimos tres años de una experiencia un tanto singular, pues ha congregado a instituciones y entidades de dos continentes que se han puesto de acuerdo en cooperar en favor de un objetivo común: desarrollar una actividad que haga sostenible el Jardín.
     La elaboración del proyecto siguió un proceso reflexivo y participativo que partía de unos principios fundamentales: tenía que considerar las capacidades de la propia comunidad para articular un proceso de cambio en el que las mujeres habían de tener un papel preponderante, también tenía que servir para reforzar su identidad a través de la promoción de su patrimonio cultural, y tenía que estimular la capacidad de respuesta de la comunidad ante el proceso de cambio que viene experimentando como consecuencia del progresivo avance del sector turístico en la zona. Aparte de los referentes teóricos y metodológicos que conocíamos bien, también contábamos con algunas experiencias de dudoso desarrollo en la zona como modelo de lo que no queríamos que ocurriese.
     Finalmente el proyecto giró en torno a la recuperación de la culinaria tradicional y esto se debía a varios convencimientos: los más ancianos nos estaban alertando de un proceso de pérdida de saberes culinarios que entre otros efectos produce una creciente dependencia de recursos que se comercializan desde el continente. Además, el cambio de patrón alimentario genera inadaptación que se manifiesta precisamente en la población más vulnerable, los niños y los ancianos, donde los signos de desnutrición son manifiestos en muchos casos. Dicen que esto no ocurría cuando se dependía exclusivamente de recursos propios, cuando había una floreciente agricultura y los propios ritmos productivos condicionaban el equilibrio de la dieta. Además se echaban de menos sabores que las jóvenes generaciones no habían tenido la oportunidad de experimentar. Existe suficiente conocimiento en torno a la alimentación desde el punto de vista de los valores nutricionales como para afirmar que cualquier dieta culturalmente adaptada es también una dieta saludable.
     Lo siguiente era rescatar los sabores perdidos de Bocachica, revitalizar una tradición culinaria afrocaribe que tenía que servir necesariamente para restaurar un patrimonio cultural de la comunidad, como ya había ocurrido años antes con el patrimonio monumental de sus históricos fuertes y baterías, sólo que el de la culinaria es un patrimonio intangible y por tanto no susceptible de expropiación, pues se mantiene en el cada día de los fogones de cada hogar de Bocachica. Y así ocurrió, durante meses las madres comunitarias, con el apoyo de los técnicos del proyecto, realizaron una ingente labor de recopilación y sistematización de los saberes tradicionales alimentarios, y pudieron darse cuenta que la culinaria no era más que uno de los elementos de un acervo que de manera inconsciente se estaba perdiendo, donde se incluyen oficios tradicionales, bailes y danzas, fiestas, creencias, etc. Y tomaron conciencia de la importancia que tenía preservar toda esta riqueza cultural, y hablaron de nuevo con sus madres y abuelas, con las gentes más antiguas de la comunidad, y las recopilaron también.
     
Este libro es resultado de todo aquel proceso.  En él se condensa una buena parte de la cultura popular de Bocachica. Algunas de las recetas que aquí se han condensado forman parte hoy de la oferta que la comunidad hace a los visitantes para que se adentren en la cultura bocachiquera a través de sus sabores más ancestrales. Un evento anual, el Festival de Cocina Tradicional Afrocaribe, del que se han celebrado dos ediciones, atrae una multitudinaria presencia de gentes venidas de Cartagena y otros lugares seducidas por la manifestación cultural que se concentra en el patio de armas del fuerte de San Fernando, que tomando el aspecto de una feria medieval ofrece a los visitantes suculentas comidas, las más vistosas artesanías y los sones y bailes más auténticos del folklore afrocaribeño. Lo que pocos saben es que con tantos placeres reunidos están contribuyendo a mantener una de las obras más loables de la isla, el Jardín Infantil de Bocachica, que de esta manera tan creativa está logrando un viejo anhelo: sobrevivir con sus propios recursos.
     
El libro se estructura en dos partes fundamentales. La primera de ellas se recrea en torno a la gastronomía, y tras unos capítulos iniciales que pretenden introducir al lector en el contexto donde se desarrolló el proyecto de recuperación de alimentos, toman la palabra las madres comunitarias para enseñarnos sus secretos culinarios, y lo hacen proporcionando tantos detalles como para que una mano diestra, con los debidos ingredientes, pueda elaborar los platos que han alimentado a los bocachiqueros durante siglos.
     Pero la gastronomía es mucho más que un engullir alimentos. Cuando se aborda en un contexto concreto como es el caso de Bocachica, uno se da cuenta de que la culinaria es sólo un elemento de un complejo cultural mucho más profundo e inseparable. La culinaria sirve también para explicar los rasgos de identidad del bocachiquero, su historia, sus creencias, sus evasiones. Por ello en la segunda parte del libro es la propia comunidad la que toma la palabra. Introducidos en ella por uno de sus guías más experimentados, el señor Alvaro Barrera, poco a poco van contando sus vivencias algunos de sus habitantes más longevos, aquellos que son los poseedores de ese tesoro inalcanzable para los ambiciosos, que es su cultura popular. Y nos cuentan a qué dedicaron sus años, cómo organizaban sus vidas, cómo conmemoraban los acontecimientos más señalados, cómo celebraban sus fiestas, y hasta nos presentan a los seres fabulosos con quienes compartían emociones. Son estampas de una Bocachica que en muchos aspectos ya no existe, pero que es imprescindible conocer para comprender la idiosincrasia del bocachiquero de nuestros días.
     El lector va a conocer a través de este libro algunos resultados del proyecto general en el que se enmarca, que pretende un desarrollo sostenible de la comunidad utilizando como principal estrategia la promoción de su cultura. Se trata de una iniciativa de la Fundación Index (Granada, España) que ha sido posible gracias al apoyo económico de la Diputación Provincial de Jaén (España), cuyo presidente, el Sr. D. Felipe López, lo acogió con enorme interés desde que nos recibiera por primera vez para exponerle las inquietudes de un grupo de madres de una pequeña isla situada al otro lado del planeta. La Diputación Provincial de Jaén cuenta con un Fondo de Solidaridad con el que está financiando otros muchos proyectos de cooperación en países del tercer mundo. En este sentido constituye un ejemplo emblemático de compromiso social con los pueblos desfavorecidos con los que a su vez logra establecer lazos culturales.
     Este libro no hubiera sido posible sin la labor de apoyo realizada por los técnicos y cooperantes que han trabajado en el proyecto, especialmente de Rocío Salas, Heidy Martínez y César Hueso Montoro. Muy especialmente hay que agradecer el aliento continuo y la implicación de la Fundación Parcarex en todo el proceso, especialmente a los desvelos de Alfonso Cabrera y Javier Corrales. Las ediciones del Festival de Cocina Tradicional Afrocaribe no hubieran resultado tan bien sin la participación de numerosas personas e instituciones que las apoyaron, pero es obligado mencionar a Mildred Figueroa, promotora cultural, y a María Pía Mogollón, de la Sociedad de Mejoras Públicas de Cartagena, que cedió el castillo de San Fernando. A Belmir Caraballo y al grupo Luna Alegre de Carex le debemos su alegría contagiosa y su modélica labor de recuperación del folklore musical.
     ¿Qué decir de las madres comunitarias del Jardín Infantil?, ellas han sido las principales protagonistas de todo el proceso de recuperación de la cocina tradicional y las autoras materiales del libro, ellas son un ejemplo cada día de lo que las madres son capaces de hacer por el bien de sus hijos, ellas saben que el futuro de Bocachica está en sus manos, pues son quienes construyen desde lo cotidiano la historia de la comunidad, gracias por mostrarnos su lado rebelde y por habernos enseñado hasta dónde puede llegar la creatividad. De manera especial queremos agradecer el esfuerzo de quienes trabajaron desde la junta directiva de la Asociación de Padres de Familia del Jardín Infantil Comunitario: Nuris Hurtado, Rosa Elena Fortiche, Celina Godoy, Yuri Caraballo, Orledis Valiente, Hilda Blanquicet Godoy, Rosa Mª de Avila Polo, Clara Lucía Godoy Altamiranda, Alexis Margarita Villero Polo y Suleima Vázquez Blanquiset. Y también queremos agradecer a sus hijos, esos pequeños que estorbaban la tranquilidad de todo el mundo con sus irreverentes manifestaciones de cariño, su sonrisa y su griterío ha sido la sabia que ha mantenido vivo el proyecto. Finalmente nada hubiera sido posible sin la entrega de Marcia Caraballo, directora del Jardín, su liderazgo y capacidad de gestión han logrado superar todas las dificultades.
     Por muy sugerente que resulte el libro nunca podrá transmitir lo que significa Bocachica si el lector se decidiera a conocer a sus gentes en persona. Bocachica es una comunidad que construye su historia a partir de las pequeñas cosas, que en nuestro caso se han convertido en experiencias inolvidables: el afectuoso saludo mañanero del anciano Eliceo, el que siempre anda leyendo una Biblia tan vieja como él, de la que sólo levanta la mirada para proferir edificantes consejos a las mozas que pasan camino de la playa; las interminables historias de Alfredo el artesano sobre sus correrías como extra de cine en películas de piratas, emulando lo que seguro hacían sus antepasados, presumiendo de amistades tan disparejas como Marlon Brando o el diestro Manuel Benítez “el Cordobés”; los reconfortantes caldos preparados por Mami tras una agotadora jornada, los pescados fritos de Tota, las correrías por la selva de manglares con Eliécer el guía, las fantásticas leyendas que Carlos Silva contaba en las mazmorras y túneles subterráneos de los castillos, las tertulias vespertinas bajo la sombra del enorme caucho de la plaza con Petrona, Hortensia, Elvira, y otras señoras y señores del centro de vida, esa “biblioteca” de las personas más sabias del pueblo.
     A pesar de todo aquí queda una pequeña muestra de la riqueza de las gentes de Bocachica, que les aproveche.

 

 

 


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